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Los pendientes Carlina capturan a primera vista una esencia luminosa y ancestral, convirtiéndose en una pieza que trasciende la mera joyería para adentrarse en el territorio de los símbolos protectores. Elaborados en plata de ley 925 y cuidadosamente acabados en bicolor, destacan por la presencia doble del Eguzkilore, una flor icónica que forma parte de la tradición vasca desde tiempos inmemoriales. Su diseño juega con dos tamaños que crean un movimiento sutil y elegante: la flor superior, de 10 mm, se ajusta al lóbulo mediante un cierre de presión; de ella cuelga, ligera pero firme, una segunda flor de 12 mm, que añade dinamismo y un brillo especial en cada gesto. El Eguzkilore, cuyo nombre significa “flor del sol” en euskera, no es un simple motivo decorativo. Es, desde hace siglos, un símbolo profundamente ligado a la mitología vasca. Se cuenta que esta flor, asociada al astro rey por su forma radial, tenía el poder de ahuyentar a los espíritus malignos, a las brujas y a cualquier presencia oscura que pudiera rondar los hogares. Por eso, era costumbre colocarla sobre las puertas, como un guardián silencioso que protegía a las familias durante la noche. Según la leyenda, los seres nocturnos quedaban atrapados contando sus infinitos pétalos, incapaces de sobrepasar el umbral hasta que el amanecer, finalmente, los obligaba a retirarse. La flor utilizada en estos pendientes recibe también el nombre de carlina, Carlina angélica o simplemente eguzkilore, una planta real perteneciente a la familia Asteraceae, reconocible por su aspecto casi solar y su centro dorado rodeado de hojas afiladas en tonos plateados. Esta dualidad cromática inspira el acabado bicolor de los pendientes, que reproduce con fidelidad esa combinación de luz cálida y fría. El centro, en tono dorado, simboliza el brillo vital del sol, mientras que los pétalos plateados evocan su resplandor extendiéndose con fuerza protectora. Los pendientes Carlina no solo son un homenaje a esta tradición, sino también una reinterpretación moderna y sofisticada. La artesanía en plata 925 garantiza una pieza resistente, hipoalergénica y de acabado impecable. Su diseño articulado aporta movimiento, feminidad y frescura, permitiendo que las flores bailen con la luz y refuercen su simbolismo protector. Más que un accesorio, estos pendientes son un pequeño amuleto para llevar cada día: una llamada a la fuerza interior, a la luz que disipa sombras, a la belleza que ha acompañado durante generaciones a quienes buscaban protección y armonía. Carlina es, así, una joya que brilla con historia propia.